Florece a medianoche en silencio y en compañía de los murmullos suaves de las hojas moviéndose para descansar de la luz del sol.
Esparce su aroma profundo impregnando de sabores cada rincón de la sala.
Un aroma que antes servía para atraer polinizadores y que hoy solo disfrutan el resto de las plantas en la habitación.
El arduo trabajo de formar los pétalos y el almíbar de su pistilo endulzarían el aire para atraer a los bichitos que en sus patitas llevarían sus genes y así despertar nuevas hermanas bajo la tierra.
Sin embargo, este trabajo ha sido en vano y el ciclo perfecto de su danza solo queda registrado en una fotografía entre miles en las redes sociales de los humanos.
Por algunos segundos, la belleza de la nueva flor los conecta con el origen profundo de la naturaleza y luego, absortos en sus pantallas, llenan sus mentes con estímulos que les distraen de la vida y sus preocupaciones.
Y así, en un registro digital en la nube de los humanos, vive la flor que ya es abono y vuelve al origen para seguir el ciclo eterno de su propósito vital en un macetero, con la ilusión de encontrar nuevas tierras que habitar.
@microcuentosyrelatos



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